miércoles, 29 de mayo de 2013

Una persona perezosa es un reloj sin agujas, siendo inútil tanto si anda como si está parado.

Por la calle del "después" se llega a la plaza de "nunca".

La pereza, es decir, la pasión de la inacción, tiene, para triunfar, una ventaja sobre las demás pasiones, y es que no exige nada.

Los perezosos siempre hablan de lo que piensan hacer, de lo que harán; los que de veras hacen algo no tienen tiempo de hablar ni de lo que hacen.

Nunca tienes tiempo suficiente para hacer toda la nada que quieres.





No se debe confundir pereza con ocio, distingue Savater al caracterizar el séptimo pecado capital. El ocio, ese tiempo que no se dedica a lo laboral, puede ser rico en otras experiencias, afirma el autor de "Etica para Amador". La pereza, en cambio, es inactividad y falta de motivación. Defensor confeso de la siesta como descanso necesario, el filósofo español se despide de esta colección analizando los riesgos que enfrenta quien por pereza renuncia a sus deberes con la sociedad y la ciudadanía, pero alerta a la vez sobre los peligros de la hiperactividad y la adicción al trabajo.


La pereza es la falta de estímulo, de deseo, de voluntad para atender a lo necesario e incluso para realizar actividades creativas o de cualquier índole. Es una congelación de la voluntad, el abandono de nuestra condición de seres activos y emprendedores. Un viejo cuento narra cómo un padre luchaba contra la pereza de su hijo pequeño que no quería nunca madrugar. Un día llegó muy temprano por la mañana, lo despertó, el chico estaba tapado en la cama, y le dijo: "Mira, por haberme levantado temprano he encontrado esta cartera llena de dinero en el camino. El chico tapándose le contestó "más madrugó el que la perdió". La pereza siempre encuentra excusas.